Archivo mensual: octubre 2009

Helmut Newton y la divina desnudez

La moda tiene sexo. Y la fotografía se ha encargado de mostrarlo sutilmente desde mediados del siglo XX, cuando ilustres nombres como Erwin Blumenfeld o Fernand Fonsagrives ya se atrevían a mostrar desnudos femeninos cubiertos por gasas o expuestos al sol. Desde entonces muchos han sido los fotógrafos que han “alegrado” la moda con su particular visión sexual de ella… Pero ninguno ha hecho del sexo su principal fuente de inspiración para realizar trabajos que resultaran realmente transgresores como lo hizo Helmut Newton. Por este motivo la editorial Taschen, diez años después de la impactante publicación del libro de Newton Sumo (el libro más caro y de mayores dimensiones del siglo XX), le rinde homenaje al maestro de la osadía con una reedición más asequible en tamaño y precio -no se engañen, pesa y no es precisamente barato, pero vale la pena por tratarse de una delícia y una maravilla para los sentidos-.

Newton-self portraitAutoretrato con su mujer y modelos, París 1981

Helmut Newton, el berlinés nacido en el seno de una rica família judía, el que fue un niño sin ningún interés por los estudios pero con una gran fascinación por las cámaras.El que escandalizó e intrigó al mundo de la moda durante medio siglo con sus provocativas mujeres y su fama de enfant terrible. Una fama ganada a pulso. “La noche de los cristales rotos” le obligó a huir rumbo a China pero acabó en Singapur, donde pronto se convirtió en gigoló y amante de una mujer mayor. Se volvió a subir a un barco, esta vez rumbo a Australia, donde comenzó a trabajar como fotógrafo en la edición de Vogue para este país  y donde conoció a su inseparable esposa June.

juneJune Newton, París 1972

Pero fue en París donde Newton encontró el lugar perfecto para un estilo que lo convirtió en el “rey del vicio y príncipe del porno”. El Newton que ilustra la famosa sesión para Vogue París donde el esmoquin de Yves Saint Laurent contrasta con la pálida desnudez de una modelo en actitud fría y desafiante frente a la seducción de una mujer andrógina, moderna y terriblemente sensual.

Yves Saint Laurent-NewtonRue Aubriot, Yves Saint Laurent, French Vogue, París 1975

Estamos ante el fotógrafo que en 1976 transformó la boutique de Hermès de la rue Faubourg Saint-Honoré en el sex-shop más caro y lujoso del mundo para el Vogue francés; en los expositores exhibió espuelas, látigos, accesorios de cuero… y a las dependientas las vistió de estrictas institutrices.

saddleSaddle I, Paris 1976

Las feministas se le hecharon encima acusándole de ser un esclavo de la sociedad de consumo y de mostrar a las mujeres como “trozos de carne”, ante lo que Newton respondía: “Lo único que me importa es que deletreen mi apellido correctamente” o “Para los que se escandalizan ante mis fotos sólo tengo una respuesta: hay que estar a la altura, incluso de la mala reputación”. Probablemente sea Manolo Blahnik, gran admirador del maestro, quien más razón tiene al definir la fotografía de Newton: “La estética femenina de Newton era única. Fue un hombre que fotografió a mujeres que realmente parecen mujeres”.

American PlayboyVoyeurism, American Plaboy, Los Angeles 1989

En sus últimos años de trabajo, Newton no se sintió muy a gusto con la política empresarial de las editoriales, pero Anna Wintour y Franca Sozzani siguieron apostando por él hasta que un ataque cardíaco al salir del Château Marmont de Los Ángeles en 2004 le hizo perder el control de su Cadillac.

Carla Bruni y sus padres. NewtonCarla Bruni con sus padres, Vanity Fair, Cavalaire, Francia 1992

Su legado se encuentra en la obra fotográfica de sus “herederos”, especialmente en la de Terry Richardson, aunque también podríamos citar a Mario Testino, Steven Klein, David Lachapelle, Ellen Von Unwerth, el dúo Inez van Lamsweerde y Vinnodh Matadin, Paolo Roversi, Mario Sorrenti… y tantos nombres más que como nosotros han sucumbido a la belleza de unas fotografías que nos demuestran que la moda además de tener sexo, lo practica.

Algo más:

-Entrevista a Helmut Newton por Michael Kaplan en Graphis, Sep/Oct 2002

-The Helmut Newton Foundation

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La caída de Saint-Exupéry

Siempre hay algo terriblemente conmovedor en la caída de los aviadores, alas efímeras, Ícaros todos que como criaturas del aire desprendidas de su elemento nos revelan su fragilidad en la caída. Pero ninguno como Antoine de Saint- Exupéry, autor de Le Petit Prince (El Principito), porque con él viajaban la poesía, los baobabs y las rosas.

le-petit-prince

Durante años pudimos soñar en la magia que envolvía la caída en el Mediterráneo del avión Lightning P-38 que pilotaba Saint-Exupéry un 31 de julio de 1944. Se especuló sobre si se trataba de un suicidio, de un accidente o del resultado de un combate aéreo. La única certidumbre que parecía quedar era de que perdió la vida (o fingió perderla) en la misma región imposible donde siempre había anhelado establecerse: entre el cielo y la tierra. Hasta que en 2008 apareció Horst Rippert, un alemán  que durante la II Guerra Mundial fue un as de la Luftwaffe.

Antoine-de-Saint-Exupery

Antoine de Saint-Exupéry

La resolución del misterio venia anunciándose años atrás. En 1988 un pescador encontró entre sus redes una pulsera de oro con el nombre del escritor grabado. Dos años más tarde se localizaron los restos del que se suponía era su aparato, suposición que quedó confirmada tres años después, cuando un submarino rescató los restos del fondo del mar y se pudo comprobar el número de serie del avión y constatar que se trataba del mismo que había despegado del aeropuerto corso de Borgo pilotado por el piloto y escritor francés a quienes sus compañeros de colegio llamaban “Pique-la-lune” por su naricilla respingona y su talante soñador. Pero cuando Hans Ripper, piloto de Messerschmitt Bf-109 anunció que era el responsable de la muerte de Saint-Exupéry, “Lo abatí yo”, con el tono de quien reconoce que en su inconsciente adolescencia mató a un ruiseñor a pedradas… Pareció que se esfumaba la magia. “Todo ocurrió cerca de Toulon. Él volaba 3.000 metros más alto que yo, que estaba efectuando una misión de reconocimiento. Vi sus insignias tricolor y maniobré para instalarme a su cola y derribarle” explicó Rippert a Luc Vanrell y Jacques Pradel, autores del libro Saint-Exupéry, l’ultime secret.

antoineAntoine de Saint-Exupéry con sus hermanos (segundo por la derecha), de niño -¿dejó nunca de serlo?-

Pensar en una desaparición del piloto tan bella como la de su propio Principito era una esperanza, un sueño que anidaba en los corazones de sus más apasionados lectores/as (me sumo). Aunque era sabido que su mirada a través del cristal de la carlinga no era la de un sanguinario cazador, sino la de un hombre que se fijaba en el sol, en el viento, en las estrellas, en la disposición de las nubes y en las extrañas formas que éstas adoptaban. Inventaba historias, soñaba. No albergaba demasiadas esperanzas sobre su futuro. Cuando el depredador alemán lo encontró sobre el Mediterráneo, no tuvo más que colocarse a su espalda y apretar el disparador de sus cañones. Una presa fácil. Súbitamente arrebatado del cielo, Saint-Exupéry cayó, su Lightining P-38 se convertia en una estrella fugaz que siseaba hasta fundirse con el mar.

aspAntoine de Saint-Exupéry

En Piloto de guerra Saint-Exupéry ya afirmaba “Acepto la muerte. No es el riesgo lo que acepto. No es el combate lo que acepto. Es la muerte. He comprendido una gran verdad. La guerra no significa la aceptación del riesgo. No significa la aceptación del combate. En ciertos momentos, no significa para el combatiente más que la aceptación pura y simple de la muerte”.

oprincipiñoO Principiño. Ilustración de Antoine de Saint-Exupéry. Edición traducida al gallego.

Quizás, aunque su muerte no fuera ni tan heróica ni tan poética como se esperaba, en la mente de muchos de nosotros, Saint-Exupéry, “el niño que soñaba con ser aviador o el aviador que se empeñó en seguir siendo niño” (Carmen Martín Gaite), se encuentra en un planeta lejano donde encierra todas las noches una flor bajo un globo de vidrio y donde vigila bien a su cordero.

P.S: Gracias Arc por regalarme la versión en gallego: O Principiño. La leí y terminé ayer por la noche y me fascinó leer a Saint-Exupéry en esta lengua.

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