Archivo mensual: marzo 2010

Cuando el cine comía spaghetti

Antes el cine comía spaghetti. Alejado de los restaurantes de estrella Michelin, de los cafés Starbucks y de las gastronomías de las ya cansinas chicas de “Sex in the City”. Los spaghetti eran el símbolo de la vida y de un cine en el que las películas sabían interpretar con pasión los temas que se encontraban en el corazón del público. Unas películas en las que  la gente que se movía en la pantalla era el espejo de la que estaba sentada en la sala.

Gina Lollobrigida preparando la pasta para los spaghetti

Una sintonía que con los años parece haberse disuelto. Dentro y fuera de la pantalla encontrábamos algo que nos vinculaba con nuestros personajes y películas favoritas: la felicidad mundana e indescriptible que produce comerse un buen plato de spaghetti. Se demostraba lo que los antropólogos llaman la cultura material, basada en  nuestros comportamientos frente a las cosas concretas de la vida (en las que la relación con la comida es una de las más importantes), y que frecuentemente acababa reflejada en el interior de las tramas que narraba el cine con el objetivo de hacer más creíbles los personajes de sus historias.

Hasta el chico duro de John Wayne lo intentaba…

Poco importaba que los spaghetti tubieran origen chino y que según cuenta la leyenda los introdujera Marco Polo en Italia. Lo cierto es que nadie como los italianos les han dotado de tanto encanto, y entre los 50s y 60s debieron ser pocos los actores y actrices de cine que no se dejaran seducir por la magia de este plato tan -aparentemente- sencillo pero tan variado (los spaghetti all alioglio para cuando regresas de una larga noche de fiesta, alla bolognesa, alla carbonara, con funghi porcini, all’arrabiatta…).

Kirk Douglas los disfrutaba… junto a Sofia Loren

Cabe mencionar que los spaghetti no han formado parte del DNA de todos los italianos. El poeta Giacomo Leopardi los odiaba tanto como a los napolitanos (o quizás odiaba los spaghetti porque odiaba a los napolitanos…): En I nuovi credenti decía: ‘…Tutta in mio danno s’ama Napoli a gara alla difesa de’ maccheroni‘. A lo que los napolitanos le respondieron: ‘E tu fosti infelice e malaticcio perche’… non adoravi i maltagliati, le frittatine all’uovo ed il pasticcio! Ma se tu avessi amato i Maccheroni piu’ de’ libri, non avresti patito aspri malanni, saresti rubicondo e allegro’.

Burt Lancaster… los quería devorar

También era notoria la aversión del futurista Filippo Tommaso Marinetti hacia la pasta. En el ‘Manifesto’ escribía sobre la cocina  futurista: ‘crediamo anzitutto necessaria l’abolizione della pastasciutta, assurda religione gastronomica italiana‘. Una exortación poco exitosa por lo visto.

Sean Connery comiendo spaghetti

Porque…¿Hay algo mejor que un buen plato de spaghetti acompañados de una copa/botella de Chianti? Quizás… Pero para lucir así:

… es necesario comerse unos cuantos platos de spaghetti. Buon appetito!

Más fotos en el libro: Spaghetti & Stars. Damiani editore.

Y…:

Federico Fellini comiendo spaghetti

Cristopher Walken y su afición a los spaghetti

Alberto Sordi comiendo con voracidad los spaghetti en Un americano in Roma

Madonna comiendo spaghetti en la campaña publicitaria para Dolce and Gabanna primavera/verano 2010 (Fotos de Steven Klein).

Totò en “Miseria e nobiltà”. Escena de los spaghetti.

Sus aportaciones ^_^:

Chaplin comiéndose los cordones de las botas como si fueran spaghetti.

Pasta, un drama coreano muy muy relacionado con los spaghetti.

Tony Soprano comiendo pasta y un artículo: Eating like Tony Soprano

La dama y el vagabundo compartiendo un plato de spaghetti

Revolcón culinario de El cartero siempre llama dos veces

-Y más sexo culinario en La Grande bouffe

The Apartment. Jack Lemon innovando la manera de escurrir los spaghetti con una raqueta

Muchas gracias a Arc, Tu, Illuminatus y Miguel por estas maravillosas referencias.


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Clams Jorjobert y la bella Gaviale

Clams Jorjobert y la bella Gaviale tenian una relación particular. Ella como su nombre indica era bella, comía pastelillos tunecinos de pistacho mientras Clams Jorjobert planificaba como robar una locomotora para satisfacer a su mujer, adicta a los caprichos extravagantes a los que él cedía por darse y darle placer:

-También podría robar una locomotora con la misma facilidad -explicó Clams Jorjobert-. Pero seria preciso que me cubriera las manos de grasa y la cara de carbonilla. Además, a pesar de que tengo estudios superiores, me podría ocurrir que me descubriera incapaz de conducir una locomotora.

-Oh! -dijo Gaviale-. Te las arreglarías muy bien.

-Prefiero no intentarlo- repuso Jorjobert-. Por añadidura no soy ambicioso, y una media de cien mil diarios me satisface plenamente.Ello por no mentar el inconveniente de los raíles. Circular sin autorización por la red del ferrocarril me traería muchos problemas. Y por la carretera, con una locomotora, llamaría la atención.

-Te falta arrojo -afirmó la bella Gaviale-. Por esto te amo… Oye, me me gustaría pedirte una cosa.

American Railroads – The Great Day Has Come (1945). Anuncio publicitario.

La bella Gaviale no se enfadó por la repentina falta de coraje de su amado porque ya tenia en mente otro objetivo…

-Lo que quieras, querida mía -respondió Clams Jorjobert. Y al decirlo se pavoneaba con su uniforme de chófer. Ella le atrajo hacia sí y le dijo unas palabras al oído. Acto seguido se sonrojó y escondió la cara en un cojín desvencijado. Clams se rió con toda su alma.

No sabemos qué le pidió la bella Gaviale a Clams, pero la respuesta fue digna de todo un caballero:

-Ya está, querida mía -dijo-. Aquí traigo el uniforme. Tiene de todo, hasta hacha. Dispondrás de tu coche de bomberos cuando lo desees.
-¿Podremos pasearnos en él el domingo?
-Desde luego.
-¿Y tendrá una escalera muy grande?
-Tendrá una escalera muy grande.
-¡Querido, te quiero!

Fire Belle. Gil Elvgren. 1958.

La bella Gaviale era feliz, pero también insaciable, lo que le acarreó algún problemilla a Clams Jorjobert:

En la cárcel, a Dodilongo se le hacía el tiempo luengo. Escuchó pasos que se acercaban, y se levantó para ver quién era. El carcelero se detuvo delante de su puerta, y la llave hurgoneó en la cerradura. Clams Jorjobert pasó al interior.
-Hola -dijo.
-Se te saluda, viejo -respondió Dodilongo-. Muy amable de tu parte venir a hacerme compañía. El tiempo se me estaba haciendo demasiado luengo. Los dos se rieron a pesar de que la astucia lingüística quedó hecha ya unas líneas más arriba.
-¿Por qué estás aquí? -preguntó Léon.
-Por una tontería -suspiró Jorjobert-. Acababa de birlar el coche de bomberos… Pero las mujeres son insaciables. Se le antojó una carroza
fúnebre
.
-Es una exagerada -dijo Dodilongo comprensivo, pues su mujer nunca había pasado del autocar de treinta y cinco plazas.
-¿Verdad que sí? -continuó Clams-. Bueno, el caso es que compré un ataúd, me metí dentro y me fui a buscar la dichosa carroza.
-No comprendo por qué tuvo que salirte mal –dijo Dodilongo.
-¿Alguna vez has intentado caminar metido dentro de un ataúd? -prosiguió Clams-. Me hice un lío con los pies y, al caer, aplasté a un perrito. Como era el de la esposa del director de la prisión, la cosa vino por sí sola.
¿Te das cuenta?
Léon Dodilongo meneó la cabeza.
-¡Caramba! -dijo-. Mala pata…

La historia de Clams Jorjobert y la bella Gaviale la contaba Boris Vian en su relato “Mala pata“, incluído en el libro El lobo hombre. Y yo me pregunto de dónde sacaba Vian a estos hombres dispuestos a regalarnos un coche de bomberos, una carroza fúnebre… Quizás los imaginó, o quizás solo existían en el París de los 40s-50s… o se extinguieron querido Boris. Continuaré soñando con mi coche de bomberos, por si acaso…

Post relacionado en Más caviar, por favor…: Boris Vian

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