Archivo de la etiqueta: Literatura francesa

Clams Jorjobert y la bella Gaviale

Clams Jorjobert y la bella Gaviale tenian una relación particular. Ella como su nombre indica era bella, comía pastelillos tunecinos de pistacho mientras Clams Jorjobert planificaba como robar una locomotora para satisfacer a su mujer, adicta a los caprichos extravagantes a los que él cedía por darse y darle placer:

-También podría robar una locomotora con la misma facilidad -explicó Clams Jorjobert-. Pero seria preciso que me cubriera las manos de grasa y la cara de carbonilla. Además, a pesar de que tengo estudios superiores, me podría ocurrir que me descubriera incapaz de conducir una locomotora.

-Oh! -dijo Gaviale-. Te las arreglarías muy bien.

-Prefiero no intentarlo- repuso Jorjobert-. Por añadidura no soy ambicioso, y una media de cien mil diarios me satisface plenamente.Ello por no mentar el inconveniente de los raíles. Circular sin autorización por la red del ferrocarril me traería muchos problemas. Y por la carretera, con una locomotora, llamaría la atención.

-Te falta arrojo -afirmó la bella Gaviale-. Por esto te amo… Oye, me me gustaría pedirte una cosa.

American Railroads – The Great Day Has Come (1945). Anuncio publicitario.

La bella Gaviale no se enfadó por la repentina falta de coraje de su amado porque ya tenia en mente otro objetivo…

-Lo que quieras, querida mía -respondió Clams Jorjobert. Y al decirlo se pavoneaba con su uniforme de chófer. Ella le atrajo hacia sí y le dijo unas palabras al oído. Acto seguido se sonrojó y escondió la cara en un cojín desvencijado. Clams se rió con toda su alma.

No sabemos qué le pidió la bella Gaviale a Clams, pero la respuesta fue digna de todo un caballero:

-Ya está, querida mía -dijo-. Aquí traigo el uniforme. Tiene de todo, hasta hacha. Dispondrás de tu coche de bomberos cuando lo desees.
-¿Podremos pasearnos en él el domingo?
-Desde luego.
-¿Y tendrá una escalera muy grande?
-Tendrá una escalera muy grande.
-¡Querido, te quiero!

Fire Belle. Gil Elvgren. 1958.

La bella Gaviale era feliz, pero también insaciable, lo que le acarreó algún problemilla a Clams Jorjobert:

En la cárcel, a Dodilongo se le hacía el tiempo luengo. Escuchó pasos que se acercaban, y se levantó para ver quién era. El carcelero se detuvo delante de su puerta, y la llave hurgoneó en la cerradura. Clams Jorjobert pasó al interior.
-Hola -dijo.
-Se te saluda, viejo -respondió Dodilongo-. Muy amable de tu parte venir a hacerme compañía. El tiempo se me estaba haciendo demasiado luengo. Los dos se rieron a pesar de que la astucia lingüística quedó hecha ya unas líneas más arriba.
-¿Por qué estás aquí? -preguntó Léon.
-Por una tontería -suspiró Jorjobert-. Acababa de birlar el coche de bomberos… Pero las mujeres son insaciables. Se le antojó una carroza
fúnebre
.
-Es una exagerada -dijo Dodilongo comprensivo, pues su mujer nunca había pasado del autocar de treinta y cinco plazas.
-¿Verdad que sí? -continuó Clams-. Bueno, el caso es que compré un ataúd, me metí dentro y me fui a buscar la dichosa carroza.
-No comprendo por qué tuvo que salirte mal –dijo Dodilongo.
-¿Alguna vez has intentado caminar metido dentro de un ataúd? -prosiguió Clams-. Me hice un lío con los pies y, al caer, aplasté a un perrito. Como era el de la esposa del director de la prisión, la cosa vino por sí sola.
¿Te das cuenta?
Léon Dodilongo meneó la cabeza.
-¡Caramba! -dijo-. Mala pata…

La historia de Clams Jorjobert y la bella Gaviale la contaba Boris Vian en su relato “Mala pata“, incluído en el libro El lobo hombre. Y yo me pregunto de dónde sacaba Vian a estos hombres dispuestos a regalarnos un coche de bomberos, una carroza fúnebre… Quizás los imaginó, o quizás solo existían en el París de los 40s-50s… o se extinguieron querido Boris. Continuaré soñando con mi coche de bomberos, por si acaso…

Post relacionado en Más caviar, por favor…: Boris Vian

Anuncios

8 comentarios

Archivado bajo Caviares de libros

La caída de Saint-Exupéry

Siempre hay algo terriblemente conmovedor en la caída de los aviadores, alas efímeras, Ícaros todos que como criaturas del aire desprendidas de su elemento nos revelan su fragilidad en la caída. Pero ninguno como Antoine de Saint- Exupéry, autor de Le Petit Prince (El Principito), porque con él viajaban la poesía, los baobabs y las rosas.

le-petit-prince

Durante años pudimos soñar en la magia que envolvía la caída en el Mediterráneo del avión Lightning P-38 que pilotaba Saint-Exupéry un 31 de julio de 1944. Se especuló sobre si se trataba de un suicidio, de un accidente o del resultado de un combate aéreo. La única certidumbre que parecía quedar era de que perdió la vida (o fingió perderla) en la misma región imposible donde siempre había anhelado establecerse: entre el cielo y la tierra. Hasta que en 2008 apareció Horst Rippert, un alemán  que durante la II Guerra Mundial fue un as de la Luftwaffe.

Antoine-de-Saint-Exupery

Antoine de Saint-Exupéry

La resolución del misterio venia anunciándose años atrás. En 1988 un pescador encontró entre sus redes una pulsera de oro con el nombre del escritor grabado. Dos años más tarde se localizaron los restos del que se suponía era su aparato, suposición que quedó confirmada tres años después, cuando un submarino rescató los restos del fondo del mar y se pudo comprobar el número de serie del avión y constatar que se trataba del mismo que había despegado del aeropuerto corso de Borgo pilotado por el piloto y escritor francés a quienes sus compañeros de colegio llamaban “Pique-la-lune” por su naricilla respingona y su talante soñador. Pero cuando Hans Ripper, piloto de Messerschmitt Bf-109 anunció que era el responsable de la muerte de Saint-Exupéry, “Lo abatí yo”, con el tono de quien reconoce que en su inconsciente adolescencia mató a un ruiseñor a pedradas… Pareció que se esfumaba la magia. “Todo ocurrió cerca de Toulon. Él volaba 3.000 metros más alto que yo, que estaba efectuando una misión de reconocimiento. Vi sus insignias tricolor y maniobré para instalarme a su cola y derribarle” explicó Rippert a Luc Vanrell y Jacques Pradel, autores del libro Saint-Exupéry, l’ultime secret.

antoineAntoine de Saint-Exupéry con sus hermanos (segundo por la derecha), de niño -¿dejó nunca de serlo?-

Pensar en una desaparición del piloto tan bella como la de su propio Principito era una esperanza, un sueño que anidaba en los corazones de sus más apasionados lectores/as (me sumo). Aunque era sabido que su mirada a través del cristal de la carlinga no era la de un sanguinario cazador, sino la de un hombre que se fijaba en el sol, en el viento, en las estrellas, en la disposición de las nubes y en las extrañas formas que éstas adoptaban. Inventaba historias, soñaba. No albergaba demasiadas esperanzas sobre su futuro. Cuando el depredador alemán lo encontró sobre el Mediterráneo, no tuvo más que colocarse a su espalda y apretar el disparador de sus cañones. Una presa fácil. Súbitamente arrebatado del cielo, Saint-Exupéry cayó, su Lightining P-38 se convertia en una estrella fugaz que siseaba hasta fundirse con el mar.

aspAntoine de Saint-Exupéry

En Piloto de guerra Saint-Exupéry ya afirmaba “Acepto la muerte. No es el riesgo lo que acepto. No es el combate lo que acepto. Es la muerte. He comprendido una gran verdad. La guerra no significa la aceptación del riesgo. No significa la aceptación del combate. En ciertos momentos, no significa para el combatiente más que la aceptación pura y simple de la muerte”.

oprincipiñoO Principiño. Ilustración de Antoine de Saint-Exupéry. Edición traducida al gallego.

Quizás, aunque su muerte no fuera ni tan heróica ni tan poética como se esperaba, en la mente de muchos de nosotros, Saint-Exupéry, “el niño que soñaba con ser aviador o el aviador que se empeñó en seguir siendo niño” (Carmen Martín Gaite), se encuentra en un planeta lejano donde encierra todas las noches una flor bajo un globo de vidrio y donde vigila bien a su cordero.

P.S: Gracias Arc por regalarme la versión en gallego: O Principiño. La leí y terminé ayer por la noche y me fascinó leer a Saint-Exupéry en esta lengua.

9 comentarios

Archivado bajo Caviares de libros